…un instante de risa.
Me contaron que a este niño lo dejaron olvidado. Como quien olvida con toda la intención, un paquete que no quiere en cualquier parte de la ciudad. Lo he descubierto porque todas las tardes, se sujeta a la ventana de la casa que está justo al frente de la mía y mira a todos pasar. Mira a todos lados, ansioso, como esperando que apareciese alguien especial. Quizás, anhela que su mamá venga por él, pues tiene como unos 4 años y a esa edad, sólo queremos estar con mamá. Supongo que como niño siente esa necesidad.
Antes, lo contemplaba porque su expresión y posición, eran perfectas para una excelente toma fotográfica. Sí, yo siempre pensando en el maldito trabajo, pero es algo innato. Quienes me rodean, consideran repugnante algunos de mis trabajos porque es como violar la privacidad de alguien, pero yo no lo veo de esa manera. El caso es que la foto no pude tomarla porque mi cámara está dañada, pero igual, he congelado el instante en mi memoria y a cada rato, viene la imagen a darme vueltas.
Viene la imagen: El niño sentando y sus bracitos pequeños aferrados a la ventana, el árbol cargado de frutos color verde, ese azul cielo -la tonalidad de las rejas- y las flores del discreto jardín que adorna la acera. Viene la imagen y veo sus ojitos tristes, pero al mismo tiempo soñadores, iguales a los de cualquier criatura de su edad y me pregunto:
-Si será completamente feliz o si antes era feliz. Es que nunca sonríe y un bebé como él, no debe reflejar ningún tipo de sufrimiento. Ahora que lo pienso, esa debería ser una regla de la sociedad; pero mejor lo olvido. Sí porque es inútil, la suciedad, corrijo –aunque, insisto en que no hay diferencia-, la sociedad jamás respeta las reglas. Por eso, mejor me concentro en hacerlo feliz por mis propios medios.
Pasa un día, otro y otro. Y sólo consigo, una mirada que busca algo que se le ha perdido. A un niño pretendiendo jugar a las escondidas, mientras intento saludarlo.
Pasa un día, otro y otro. Y pum:
¡El milagro!
Hoy salí al balcón y el momento congelado cobró vida. Fue emocionante porque era el mismo escenario, pero esta vez, el niño me miró, le hice una mueca graciosa y él estalló de alegría. Era la primera vez que lo veía sonreír. Yo también me reí –hace tiempo no lo hacía- y me sentí feliz porque me encantan las sonrisas inocentes de los niños. Son como poemas sonoros y además esos segundos sencillos, son los que me llenan como ser humano, esos en los que no se necesita de mucho para alegrarle la vida a la gente, aunque sólo sea por unos simples segundos.
No sé quién de los dos estará más solo o triste; pero yo seguiré haciéndole caras graciosas, imaginaré que nuestra risa es esperanza con música. Y mientras más contentos estemos, alguien o algo especial, tocará a nuestra puerta cuando menos lo esperemos. Supondré que soy niña y cruzaré los dedos para que se cumpla mi deseo.
PD: “Para el niño cada pompa de jabón es un deseo y para mí -antes- era una simple pompa de jabón”.
Me contaron que a este niño lo dejaron olvidado. Como quien olvida con toda la intención, un paquete que no quiere en cualquier parte de la ciudad. Lo he descubierto porque todas las tardes, se sujeta a la ventana de la casa que está justo al frente de la mía y mira a todos pasar. Mira a todos lados, ansioso, como esperando que apareciese alguien especial. Quizás, anhela que su mamá venga por él, pues tiene como unos 4 años y a esa edad, sólo queremos estar con mamá. Supongo que como niño siente esa necesidad.
Antes, lo contemplaba porque su expresión y posición, eran perfectas para una excelente toma fotográfica. Sí, yo siempre pensando en el maldito trabajo, pero es algo innato. Quienes me rodean, consideran repugnante algunos de mis trabajos porque es como violar la privacidad de alguien, pero yo no lo veo de esa manera. El caso es que la foto no pude tomarla porque mi cámara está dañada, pero igual, he congelado el instante en mi memoria y a cada rato, viene la imagen a darme vueltas.
Viene la imagen: El niño sentando y sus bracitos pequeños aferrados a la ventana, el árbol cargado de frutos color verde, ese azul cielo -la tonalidad de las rejas- y las flores del discreto jardín que adorna la acera. Viene la imagen y veo sus ojitos tristes, pero al mismo tiempo soñadores, iguales a los de cualquier criatura de su edad y me pregunto:
-Si será completamente feliz o si antes era feliz. Es que nunca sonríe y un bebé como él, no debe reflejar ningún tipo de sufrimiento. Ahora que lo pienso, esa debería ser una regla de la sociedad; pero mejor lo olvido. Sí porque es inútil, la suciedad, corrijo –aunque, insisto en que no hay diferencia-, la sociedad jamás respeta las reglas. Por eso, mejor me concentro en hacerlo feliz por mis propios medios.
Pasa un día, otro y otro. Y sólo consigo, una mirada que busca algo que se le ha perdido. A un niño pretendiendo jugar a las escondidas, mientras intento saludarlo.
Pasa un día, otro y otro. Y pum:
¡El milagro!
Hoy salí al balcón y el momento congelado cobró vida. Fue emocionante porque era el mismo escenario, pero esta vez, el niño me miró, le hice una mueca graciosa y él estalló de alegría. Era la primera vez que lo veía sonreír. Yo también me reí –hace tiempo no lo hacía- y me sentí feliz porque me encantan las sonrisas inocentes de los niños. Son como poemas sonoros y además esos segundos sencillos, son los que me llenan como ser humano, esos en los que no se necesita de mucho para alegrarle la vida a la gente, aunque sólo sea por unos simples segundos.
No sé quién de los dos estará más solo o triste; pero yo seguiré haciéndole caras graciosas, imaginaré que nuestra risa es esperanza con música. Y mientras más contentos estemos, alguien o algo especial, tocará a nuestra puerta cuando menos lo esperemos. Supondré que soy niña y cruzaré los dedos para que se cumpla mi deseo.
PD: “Para el niño cada pompa de jabón es un deseo y para mí -antes- era una simple pompa de jabón”.